LA MANO HÁBIL
No podemos hablar de meditación zen sin evocar, en primer lugar, el camino de la relación que une al maestro y al discípulo. Al principio, el maestro parece no ser más que un guía o un hermano mayor. Con delicadeza, explica al discípulo la manera de sentarse derecho; del mismo modo, ofrece algunos rudimentos del dharma, las instrucciones y los buenos métodos de los budas. En esta aproximación de corazones, el maestro se presenta como un testigo: él es la prueba de que el dharma no es una simple palabra, sino que también se encarna en la vida de un hombre o de una mujer. Para quien sabe descubrirlo, el maestro sólo enseña según un acuerdo, pero sobre todo ayuda a desaprender.
Día tras día se va estableciendo una relación de confianza o, mejor dicho, de amor, que permite una conversión que el estudiante por sí mismo no podría experimentar.
La conversión a lo inconcebible rara vez se produce de inmediato. El camino puede ser corto, pero la mayoría de las veces será largo, muy largo, ya que las resistencias del ego son poderosas. Hace falta fe y coraje para crear una intensidad que propicie las rupturas internas.
La tradición zen compara esta relación con la que une a la gallina con el pollito que está a punto de salir del huevo: ambos picotean a la vez el cascarón y sólo la voluntad común de romper el caparazón del ego hace que éste por fin se quiebre. El maestro no puede hacerlo sin el alumno; el alumno no puede hacerlo sin el maestro.
Sentarse y nada mas. Una iniciación a la práctica de la meditación zen y una crítica del mindfulness – Autor: Éric Rommeluere – Editorial: Errata Naturae