10/04/23

LA REALEZA DEL CAMINAR

Caminar se opone a la casa, a todo disfrute de una residencia, pues la experiencia de los pasos transforma al ser humano que está al cabo del camino, inaprensible, a la intemperie, con la suelas desgastadas, lejos.  Estar aquí o allí no es más que la modulación del hilo del camino. De hecho, el caminante no elige domicilio en el espacio sino en el tiempo: el alto del mediodía, el reposo de la noche, las horas de comer son los acontecimientos que presiden el día y la noche.

Si elige este modo de desplazamiento, afirma su soberanía sobre el calendario; su independencia respecto a los ritmos sociales; su deseo de poder dejar su saco a un lado del camino para saborear una buena siesta o alimentarse de la belleza de un árbol o de un paisaje que de súbito le llama la atención.

A lo largo de las horas, la caminata puede hacerse aburrida debido a la monotonía del paisaje, del calor o simplemente porque el caminante no alcanza a liberarse de sus preocupaciones ordinarias. Impaciente por llegar al final de la etapa o por volver a su hogar, su camino deviene en una penitencia. Está impaciente por descargar su saco y pasar a otra cosa. Pero el aburrimiento es a veces una voluptuosidad tranquila, un retiro provisional lejos del frenesí ordinario que nos despierta desamparados y perplejos por la mañana, con las manos vacías y el tiempo lleno de un vago remordimiento por no estar del todo en la tarea.

Todo sentimiento de duración se evapora: el caminante se instala en un tiempo ralentizado a la medida del cuerpo y del deseo. La única premura es a menudo ir más rápido que la puesta de sol. El reloj es cósmico, es el de la naturaleza, el del cuerpo, y no el de la cultura con su meticulosa parcelación del tiempo. La libertad en el tiempo puede ser también la de atravesar las estaciones caminando por la misma montaña en un solo viaje.

 David Le Breton, Elogio del caminar. Biblioteca de Ensayo. Ciruela, 2021

COMENTARIO

Todo lo que estamos buscando está justo aquí, en este momento

Las 6 de la mañana. Hay que hacer el camino de hoy. El de este día, con su lluvia y con un frío que da estertores en las primeras horas del alba.

Dejar que el camino se haga en nosotros. Dejar marchar, dejar ocupaciones y preocupaciones.  Al camino no hemos decidido venir nosotros. Él nos ha llamado y hemos respondido. Es el camino el que nos va dando forma, nos lleva por territorios de paciencia, de humildad… hasta deshacer las durezas, las rigideces que tratan de asfixiar el corazón.

Aire puro, brisa fresca de la mañana, llovizna en la cara, frío en las manos. Un paisaje totalmente verde: sólo árboles, sólo vides, trigales inmensos, olivos, el puente, el riachuelo, las flores tiernas de la mañana. Un aspirar de fragancias.

Escuchas tu propia voz, sigues tu propio canto. ¿A dónde el camino irá?

Movimiento interior, emociones, recuerdos, experiencias… todo va pasando por delante de ti como si el pasaje de la vida se te pusiera ahí, a dos pasos, en este camino infinito de brumas y nieblas. Y luego están los proyectos: también ellos aparecen por doquier; quieres perseguirlos, culminarlos, rematarlos.

Concentrarnos en cada paso nos libera de nosotros mismos

Dejar, dejar atrás.  Dejar atrás el dolor que se apodera de los hombros, las caderas, las rodillas, los pies. Paso tras paso:  uno y otro paso.  El dolor es el camino. Todo pasa deprisa. El camino continúa: ver sin mirar, ver y continuar. Nada por retener, nada que afianzar.

Todo lo que buscamos está justo aquí, en este momento