17/10/26

LA PRÁCTICA DEL ZEN

Ni viento ni bandera

 

(…) El cuarto punto sobre el “arte Zen” hace referencia a la manera en que los maestros del Zen ponen a prueba el alcance de sus discípulos. Estas pruebas toman muchas formas, que pueden ser de “comportamiento” y “verbales”.

Las pruebas de comportamiento consisten en actos extremos e inesperados; las pruebas verbales en los llamados “campeonatos verbales exhaustivos” (en chino: chi feng wen ta). Esta última es, posiblemente, la técnica más popular, y es aplicada ampliamente por los budistas zen. La palabra china wen significa “preguntar” y ta significa “contestar”, de tal modo que wen ta quiere decir “pregunta-respuesta” o, más libremente, “conversación”. Pero la frase chi feng resulta difícil de traducir, pues implica variados sentidos de gran sutileza. Literalmente, chi significa “importante“ “crítico”, o el “punto esencial”, etcétera, y feng es “la punta de un arma cortante”, de tal modo que, literalmente, chi feng significa “punta-cortante-importante”. 

Esto es una prueba de que la “pregunta-respuesta” Zen es aguda y afilada, como las puntas de dos armas afiladas que se tocan por sus extremos. Por lo tanto, chi feng significa que la pregunta Zen es como una daga afilada al extremo, que siempre está a punto de atravesar el corazón sin misericordia, y que, en cuanto se le hace a uno una pregunta penetrante, inmediatamente debe contestar con una respuesta igualmente acerada. Cuando se formula una pregunta Zen, no hay tiempo para el raciocinio o la búsqueda. Una respuesta que no se da en forma instantánea, espontánea y sin esfuerzo no es aceptable para el Zen. Por lo tanto, como las preguntas Zen suelen ser embarazosas y difíciles de contestar, cuando el estudiante no contesta de inmediato en razón de que se pone a buscar la respuesta apropiada por medio del razonamiento lógico, esta demora pone en seguida de manifiesto su carencia de comprensión íntima. Es así que, por muy correcta que parezca su respuesta, no habrá de ser aceptada por un maestro Zen capaz. Por lo tanto, la partida verbal importante es un procedimiento social elaborado hace muchos años por los maestros Zen para poner a prueba la comprensión intima de sus discípulos. Un ser iluminado debe estar en condiciones de contestar inmediatamente cualquier pregunta sorprendente que se le haga con facilidad y sin dudas. La respuesta debe ser como un relámpago, como la chispa que surge de la piedra. No hay lugar aquí para el “cultivo”, para la “composición”.

Al llegar a este punto, me gustaría traer a colación una de mis propias experiencias, con el fin de aclarar la importancia del tiempo en el estilo Zen de conversación. No hace mucho trabé conocimiento con un teólogo y nos pusimos a conversar sobre budismo, hinduismo y otras religiones. Él insistía en que todas las religiones son, en el nivel más alto, básicamente idénticas, y que las únicas diferencias son de carácter semántico. Y como ejemplo dijo que el moksha es llamado nirvana en el budismo, que el “estado de Buda” se llama atman en el hinduismo y es “la deidad” del cristianismo. “La Gran Verdad es una”, dijo.

“Todas las cosas vienen de y volverán a la Gran Unidad. Esto puede decirse de distintas maneras, pero la Verdad central sigue siendo la misma”, etc. Yo no quise continuar un argumento que podía prolongarse indefinidamente, de tal modo que le repetí el antiguo dicho Zen de Chao Chou: “Si todas las cosas han de volver a lo Uno, ¿adónde habrá de volver ese Uno?” Quedó confundido y no supo darme una respuesta. Pero al día siguiente vino a verme y me dijo: “Ahora tengo la respuesta justa a su pregunta: todas las cosas han de volver a lo Uno, y este Uno habrá de volver a todas las cosas”. Yo le dije: “De acuerdo al Zen, la respuesta de usted ha llegado demasiado tarde. Hace mucho tiempo debieron darle a usted treinta azotes”. El me contestó: “Si yo le hubiera dado a usted esta respuesta ayer, no bien la pregunta fue formulada, ¿cuál habría sido su comentario?” Yo respondí: “Está bien. Sigamos la tradición Zen y hagamos la pregunta una vez más”, e inmediatamente agregué: “Si todas las cosas han de volver a lo Uno, ¿adónde habrá de volver ese Uno?” Él contestó: “¡Ha de volver a todas las cosas!” A lo cual yo me limité a replicar: “¡Qué manera de perder el tiempo en tonterías!”

Mi amigo no hizo ningún otro comentario, y la discusión sobre la relación entre el última de todos los Budas (veréis inmediatamente) que cualquiera que sea el lugar en que os encontréis en este mismo instante, ese lugar será para vosotros, hermanos, el lugar último y absoluto.

No son vuestros cuerpos materiales quienes comprenden mi discurso (…) ¡No! ¿Quién, pues, comprende al instante el discurso? Sois vosotros mismos que estáis, sin duda, delante de mí. Yo escucho, a través vuestro, a ese individuo, que sin tener una forma visible definida es luminoso por sí mismo (…)

La estructura interna del Espíritu es de este modo extremadamente elusiva, al menos para el intelecto discriminante. En consecuencia, el término de “espíritu”, tal y como se utiliza en los textos Zen, es tremendamente equívoco. Se da uno cuenta, a cada momento, de que, en el uso, se verifica una sutil interacción de los órdenes de las cosas, tanto el sensible, como el suprasensible. Yo daría como ejemplo una anécdota concerniente a los inicios en el Zen del Sexto Patriarca, Hui Neng, en la China meridional.

En aquella época, Hui Neng escondía aún su identidad por razones políticas, al menos eso se dice. Se encontraba un día sentado en el rincón de un templo en Kuang Chu, escuchando la lectura de un Sutra budista, cuando de pronto se levantó el viento y la banderola que había a la entrada del templo comenzó a agitarse. Uno de ellos observó: “Fijaos cómo bate la banderola” “¡No!”, objetó el otro, “¡No es ella la que se mueve, sino el viento! Siguió una interminable discusión, en torno a qué podría ser lo que realmente se movía, si era el viento o era la banderola. Por fin, Hui Neng no pudo contenerse y dijo: “No es el viento el que se mueve. Ni tampoco es la banderola. ¡Mis virtuosos hermanos, son vuestros espíritus los que se agitan!” (…)

Para comprender correctamente de lo que se trataba hemos de empezar por tomar el término “espíritu” como Hui Neng lo utilizó, en el sentido de Espíritu o de VER con referencia a las dimensiones, empírica y trascendental a la vez, de la conciencia del Zen.

 

Chang Chen Chi, La práctica del zen, Ed. La pléyade, Buenos Aires. 1973. P.16 s.