17/04/22

EN ZAZEN DEJAMOS IR DEL TODO LA AUTOCINCIENCIA DEL SIGNIFICADODE UN YO

Pensar las relaciones entre mí y los demás como una relación de confrontación es, en realidad, un pensamiento nuestro, y nosotros en zazen abrimos la mano del pensamiento. Entonces se abandona, al mismo tiempo, precisamente ese modo de entender yo y distinto de mí como una relación de confrontación. (…)

En efecto, en zazen, dejamos ir del todo la autoconsciencia del significado de un yo determinado desde el exterior y, al contrario, nos despertamos (abrimos efectivamente los ojos) al sí mismo que es la vida misma. Incluso si no tenemos consciencia de ello, incluso si no le damos un nombre, es el sí mismo de la actual experiencia vital desnuda.

La expresión el sí mismo que es solo el sí mismo no significa que, en el ámbito de la interdependencia con los demás, el otro sea descartado o negado, no se trata de tan solo yo y el otro no, sino la experiencia despierta del sí mismo que es absolutamente sí mismo como realidad de la vida.

Por ello, en este caso, el sí mismo no es ciertamente un concepto en forma de definición, sino el contenido mismo del despertar. (…)

Existe una pequeña historia japonesa del periodo Edo (1603-1867). En la parte trasera de un monasterio había un campo de calabazas. Había muchas y un buen día estalló entre ellas una discusión furibunda; estaban divididas en dos bandos opuestos y se lanzaban los más violentos insultos, metiendo un alboroto endiablado. El sacerdote del templo, oyendo el escándalo que llegaba del campo, fue a ver de qué se trataba y vio a las calabazas en pleno litigio. Gritando más fuerte que ellas gritó: “¡Calabazas! ¿Qué alboroto es este? ¡Deberíais avergonzaros! ¡Todas en zazen, inmediatamente!”. Por tanto, les enseñó a sentarse: “Cruzad las piernas de esta manera, sentaros bien, estirad la espalda y el cuello”. Las calabazas se sentaron como el sacerdote les había enseñado y, poco a poco, la agitación se aplacó y se quedaron tranquilas. Entonces el sacerdote dijo con calma: “Ahora llevad todas una mano sobre vuestra cabeza”, y he ahí que, precisamente en la cima, había una cosa extraña. “¡Eh!, hay algo extraño aquí, ¿qué es eso?” y, mientras decían esto, seguían aquella especie de rama y, fijaos, ¿acaso no estaban unidas todas juntas? “¡Oh! ¡Esto es muy extraño! De hecho estamos todas unidas, vivimos una única vida. Pero entonces, ¡qué gran error discutir!, tenía razón el sacerdote”, de allí en adelante todas estuvieron en armonía.

Es verdad, sin duda, que nosotros vivimos esa pequeña individualidad que llamamos yo continuamente. Basándonos en nuestra forma de ver, pensando que este pequeño individuo sería yo, repetimos siempre yo, yo, yo,pero el sí mismo de la verdadera realidad de la vida en absoluto es tan solo eso, ha de ser algo que va más allá del individuo.

Kōshō Uchiyama, fragmento de “La Realidad de la Vida”. Pdf

Comentario

Creamos con el tiempo y de manera irremediable, una identidad de lo que somos, con la que nos identificamos (hasta el punto de llamarla “yo”) y que califica incesantemente aquello con lo que interactúa, teniendo el deseo de obtener lo que a dicha identidad le refuerza por resultarle de su agrado, y comenzando en cierto modo a hacer de la realidad (que interpreta), un medio, un fin, que le conducirá a su pretendido e ideado bienestar futuro, una vez que haya obtenido lo que cree necesario por beneficioso.

De este modo, nuestra mirada egoica hace del mundo, de todo aquello con lo que interactúa, una relación que el Maestro Uchiyama llama “de confrontación”, entre el sujeto egoico (que cada ser humano es) y el objeto que desea o rechaza, sea dicho objeto una cosa, una persona, una situación…. En definitiva, la realidad.

De este modo y poco a poco, nos vamos situando más frente al mundo, que como parte de él.

Situados frente al mundo como quien se sitúa delante de una estantería de la que obtiene lo que cree que le saciará, la relación de confrontación con el mundo va quedando fijada entre nuestras más profundas creencias.

Nuestro ejercicio de zazen, sin embargo, supone el silencio del parloteo egoico que todo lo enjuicia y lo define, fragmentando la realidad en objetos de deseo o rechazo.

Por tanto, en el silencio del zazen, el practicante tiene una experiencia para la que difícilmente encuentra palabras, donde las barreras conceptuales con las que el ego había fragmentado la realidad desaparecen, y a la que Uchiyama se refiere como el sí mismo que es la vida misma.

            Pero el Maestro Uchiyama advierte con no confundir la expresión “Si mismo”, con la identidad egoica con la que frecuentemente nos situamos frente al mundo, sino más bien, como la realidad misma de la vida que en sí se manifiesta en sus múltiples formas, pasando a ejemplificarlo con la historia japonesa de las calabazas, que igualmente toman conciencia de ser múltiples formas de la vida en sí.